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  Dino del Monte  
Dino del Monte
Rumania
 
         
   
             
   
Dino del Monte o el precio de la libertad

Situada en pleno centro de Madrid, se anunciaba en los periódicos como Factoría del Monte. Aquello era un laboratorio musical, un hervidero de creatividad sin igual abierto a todo músico ávido de experimentar, intercambiar, estudiar, aprender. Cuenta Dino, cuya casa sirvió de escuela, que allí tomaron ideas o incluso se gestaron algunos proyectos como Radio Tarifa, Ketama, Bidinte o Hijas del Sol entre otros.

Esta búsqueda del riesgo y la innovación siempre ha sido constante en la vida de quien se criara en un ambiente artístico e intelectual, que resultaría decisivo en su orientación profesional. Amante y conocedor de la música clásica árabe y occidental, así como de la tradición judía, se nutrió de todas ellas mientras crecía en Israel y estudiaba música y pintura.

Comenta Dino que para crear, el artista a veces necesita aislarse del mundo; de ahí que no haya vuelto a escuchar música en muchos años. Asegura tener todos los sonidos perfectamente almacenados en su cabeza.

La filosofía, la meditación y la búsqueda del equilibrio están siempre presentes en su cotidianidad. En su casa de la sierra madrileña compone y graba en su propio estudio, donde sólo podría perturbarlo el cantar de los pájaros. Sentado frente al cimbalom - un instrumento de cuerdas metálicas percutidas con macillos que él mismo construyó con piezas de piano- interpreta diariamente a Bach, improvisa durante horas, o trabaja en nuevas composiciones.

Junto al estudio tiene un taller de pintura donde guarda una copiosa obra, fruto de varias décadas de intensa labor y exposiciones en numerosos países europeos en los que estuvo radicado, cuando a los dieciocho años abandonó Israel.

De formación autodidacta, la suya ha sido una entrega absoluta y sin concesiones a la composición musical y pictórica. Siendo esta última, especialmente, la que le ha permitido dedicarse a lo que más le gusta. Pero también ha tenido sus más y sus menos. Hubo épocas en que recorría los países en caravana, tocando en la calle. Al recordarlo se le iluminan los ojos, y habla orgulloso de “total libertad”. También vivió en una cueva en Sacromonte (Granada), donde profundizó en el flamenco junto a su hijo. Adam del Monte, destacado guitarrista clásico y flamenco, siguiendo la senda, se ha labrado una exitosa carrera en solitario. Padre e hijo tocaron a menudo junto a Pepe “Habichuela”, Paco Cortez y Gerardo Núñez entre otros. Por su parte, Dino, que tiene una gran ambición musical, estrenó recientemente su obra “Ozone”en la Catedral de Soria.

Por su virtuosismo con el cimbalom, su mentalidad vanguardista y su asombrosa habilidad para componer y crear fórmulas atrayentes, ha sido requerido por reconocidos músicos de toda índole como Llorenç Barber y Fátima Miranda, Lole Montoya o Enrique Morente, con quien trabajó durante muchos años y giras por Europa.

Decidido a no trabajar más a la sombra, deslumbra con “Crepúsculo” (Delmonte, 03/ distribuye Galileo MC). En este tercer “lienzo”, el rumano (Bucarest1946) plasma una amplia gama de colores, luces y sombras con riquísimos matices y una vitalidad que emociona a cada instante. Combina inteligentes armonías, escalas vertiginosas, compases rítmicos insólitos, vientos de lúcida expresividad y texturas sofisticadas, sin perder la accesibilidad del producto final. He aquí un Dino experimentado en la dirección, que prefiere pasar a un segundo plano para ofrecer una obra global que bordan los diez músicos restantes. Un reto tanto para los involucrados en el proyecto, como para el oyente, que descubrirá aquí una fuerte personalidad que siempre ha vivido por delante de su tiempo.

¿Cómo una música de tan cuidada elaboración y desbordante creatividad no había llegado antes a nuestros oídos?

La mayor parte de mi vida he vivido a la sombra. Como creador en la música y en la cultura, dedico mucho tiempo al estudio y a la meditación, a estar solo. Además, como has visto, toco un instrumento de muy difícil ejecución, el cimbalom. Me impongo una disciplina muy seria para estudiar todos los días, como si fuera un niño. Soy un estudiante. Me levanto por la mañana y no dejo de tocar. Y me lo planteo como si fuera siempre la primera vez que tomo contacto con el instrumento. Las sorpresas vienen así.

Luego, hay gente que está enamorada del arte y gente que está enamorada del dinero, de la fama. Uno tiene que elegir lo que le va mejor. A mí no me queda otra opción que elegir el arte. Estoy muy contento con lo que he elegido, y me va bien.

Un compromiso muy arriesgado el tuyo.

En la época de hoy, viviendo en una sociedad tan consumista y materialista es muy difícil. Pero no es tan difícil cuando uno tiene fe y cree en lo que hace, y que merece la pena. Porque la vida es un maratón, no se trata de triunfar rápidamente y después albergar la frustración de quedarse en el olvido. Yo tengo un compromiso conmigo mismo y con el arte, quiero pasar la vida creando. Tengo cincuenta y ocho años, y toco este instrumento desde hace unos cuarenta, además de la guitarra y el bouzouki. Y no me queda tiempo para la vida social.

Además, no siempre hay apoyo para las personas como yo. Todo el mundo va a lo comercial, a lo seguro; y no a la educación del público, a combatir la ignorancia, dar cursos espirituales y de conocimiento a la gente. Porque al fin y al cabo, la verdadera riqueza está en el espíritu, no en la materia. Más y más juguetes no hicieron feliz a nadie. La verdadera felicidad, después de mantener este físico que tenemos - que es nuestra obligación-, viene con la vida espiritual y los recursos espirituales que uno tiene. Para eso se necesita una educación, una preparación; y cuanto más preparado está uno, más recursos tiene para disfrutar de la vida. Ahí está mi camino.

¿Debes esa educación a tus padres?

Sí, desde luego. “De tal palo tal astilla”se dice en castellano ¿verdad? Mi padre era una persona muy culta, era escultor, poeta, escritor, tocaba el violín y pintaba. Me transmitió todos esos talentos. Cuando yo era pequeño y vio que había heredado ese talento, me apoyó en mi camino, que seguí desarrollando durante toda la vida como objeto principal de mi existencia.

En cuanto a lo que comentabas de la elaboración mi música, se debe a que tengo un idioma musical propio. Es toda una manera de entender y crear la música, con influencia de todo lo que hay por el planeta.

De pequeño me gustaba todo lo bueno, y no me refiero a lo comercial, sino a todo lo que estaba hecho de verdad. Cuando me crié en Israel, estaba expuesto a culturas muy diferentes, incluso opuestas. Pero como un niño que era, escuchaba todo con esa inocencia del oído infantil, y aquello fue penetrando en mi cerebro, y me ha influenciado durante toda mi vida. Escuchaba al mismo tiempo a Johan Sebastian Bach, que es mi gran padre – entonces yo tocaba piano clásico-, y la música clásica árabe, la buena música egipcia, libanesa, etc: Umm Kulthum, Farid el Atrash, Abdul Halim Hafez, Charlie Bagdadi (quien se declaró antisemita) – claro que nada tiene que ver la política con el arte; el arte es la flor y nata del espíritu-.

Bach, Kulthum... y también creciste con la música judía

Sí, también. Cuando hablas de música judía, empiezas y no acabas. Creo que nadie tiene conocimiento de ella en su totalidad. Hace poco escuché música judía de Kazajstán que parece más flamenca que otra cosa. Los rezos de la sinagoga se parecen mucho a la toná y la seguirilla.

Yo, por mis raíces sefarditas, por parte de mi padre, tenía un llamamiento de la sangre muy fuerte hacia el flamenco. Estaba muy relacionado con el mundo del flamenco, y lo sigo estando, pero con la idea de crear mi propio lenguaje. Tomando fragmentos, perfumes, ideas, de todos, pero de una manera orgánica. La música hindú me apasiona, la música japonesa, china... Y desde luego el jazz, como música avanzada nacida de la unión del Barroco europeo y la música africana.

El mundo es fusión, y cuanto más tiempo pasa, la fusión es más grande. En mi música, de un modo muy natural, hay fusión de ideas, conceptos... Cuando hablo de conceptos, me refiero a obras mías que están en compases de 12/8, 15/8, 14/8, 7/8. ¿Qué quiere decir todo esto? Es como una filosofía flamenca de la filosofía hindú, pero tratando con la filosofía pura, y no con el producto final. ¿Me explico?

No quiero hacer música que tenga que ver con la música hindú. La admiro, pero no voy a tomar ideas que ya están hechas. Sólo quiero entender la base filosófica que mueve la creatividad. Compongo mi propio compás, que combinado con armonías occidentales, con la apertura de la atonalidad y todos estos elementos, va creando una fábrica en mi subconsciente, de la cual, con mucha paciencia y muchos años, he ido sacando un producto. El tema “Crepúsculo”que escuchas en este disco lo compuse en 1970.

¿Y lo grabas ahora? ¿Has estado perfeccionando los arreglos durante todo este tiempo?

No se debe tanto a los arreglos, como a lo económico. Poner esta producción en pie es muy costoso. Tenía que llegar la posibilidad hacerlo. Somos diez músicos y yo:

Dino del Monte: Cimbalom, voz y batería

Bob Sands: Saxo alto

Salomon Cohen: Saxo Tenor

Irapoán Freire: Trompeta

Manuel Machado: Trompeta

Norman F. Hogue: Trombón

Pedro Esparza: Flauta

Wafir S. Gibril: Laúd

Bernardt Kofler: Bajo

Ruben Dantas: Percusión

Nanda Kumar: Tablas

Cierto. Además, cada uno proveniente de un lugar diferente.

Sí, y músicos ¡buenísimos! Todos ellos, por suerte, estaban muy entregados al proyecto. Para casi todos ha resultado muy difícil interpretar estas piezas. Al principio no les gustaba. A algunos tenía que devolverlos al estudio porque querían irse. Cada uno es maestro de lo que sabe; pero cuando pones a un maestro de bebop algo que no ha trabajado nunca, de repente se siente un negado, como un niño de siete años que no se puede meter. Aquí la corchea tiene una velocidad de Ferrari, como digo yo. Ni siquiera el metrónomo alcanza esta velocidad, sólo llega hasta 250, y en esta pieza está a 400. Quiero decir, que es tan rápida la corchea, que incluso las entradas son muy difíciles. Tiene mucho temperamento.

En este trabajo tengo también influencias de mi hija rumana, que nació en Bucarest. De la música gitana rumana, pero también de una manera muy enérgica. Yo quiero que suene a cuerdas, pero no la fuente original. Trabajo con el recuerdo.

Con la vitalidad de la música rumana, por ejemplo.

Eso es. Mi idea no es hacer música rumana o cíngara, sino transportar el cimbalom a nuestra época.

E imprimir la espiritualidad que a ti te transmite esta música.

Exactamente. El tema “Trovador”está dedicado a mi padre. Es algo que me queda en la memoria de lo que él cantaba. Algo de la esencia está ahí. Y está en 15/8, que no en 4/4.

Es un tema muy luminoso. La trompeta brilla de manera especial, es muy optimista.

(Se queda callado, como sorprendido, perplejo) Sí, sí, muy optimista. A que sí (reímos).

Es una música muy expresiva. La manera en la que habla el saxo o la trompeta, no se ve siquiera en el jazz. Queda muy lejos de las típicas improvisaciones. Incluso lo que está escrito parece improvisado.

Ahí está el truco, ahí está la sabiduría. Mi manera de crear un cuadro, en la pintura o en la música, consiste en que antes de componer tengo que escuchar toda la obra en mi cabeza. Yo no voy buscando, voy escuchando. Y no cambio una nota. Cuando entré en el estudio me dijo el jefe del estudio: oye Dino, has traído una partitura, pero date cuenta de que aquí todo el mundo cambia las notas. Y yo le respondí: si tenemos que cambiar una nota me voy. Y hasta que no hicimos la mezcla final, en la que entró la última voz, no hubo equilibrio. En ese momento, de repente, se entendió toda la armonía. Porque yo soy muy fiel a lo que escucho en mi oído.

Es igual que en la pintura, no tienen sentido los colores por separado, sino en contraste unos con otros.

Eso es. Entonces, ¿cómo soy pintor y músico a la vez? Yo veo mi música como cuadros. Además, cuando estoy componiendo, hago unos diseños gráficos muy extraños que sólo yo entiendo. Escribo música con notas, y luego en gráficos. Y ahí no hay fallo, porque soy fiel a lo que escucho, y lo que escucho me gusta. No añado nada más. No he seguido una escuela, ni un método. El método es mi oído, y la fidelidad a mi oído es lo que quiero que escuches tú. Sé que estoy rompiendo todas reglas cuando escribo la música. Escribo cosas que sobre el papel queman el papel, pero cuando se escucha todo tiene sentido. Cuando escuchas a los pájaros en la naturaleza, cada uno canta en una tonalidad diferente, pero juntos hacen una sinfonía, y además nadie desafina. Se trata de la educación del oído. Tenemos el oído educado de una manera desde que nacemos, y hay que ver si esta educación es tan buena (ríe).

Así puedo hacer cosas que rompen, pero al mismo tiempo tienen un mérito y tienen expresión, espontaneidad... Aquí rompí muchas reglas del bebop y del jazz. Me interesaba coger músicos que tienen una preparación muy buena de bebop y jazz, como Salomon Cohen, que ahora triunfa en Nueva York, o Bob Sands, que conocemos de sobra aquí en Madrid, y meterlos en mi traje. A cada uno le ha resultado más fácil o más difícil, pero al final todo el mundo se metió y se esforzó para acabar el trabajo. Pero claro, tú escuchas aquí un 13/8, que va (palmeando rápidamente) 1-2-3, 1-2-3, 1-2-3, 1-2, 1-2... a la velocidad del AVE, y todos dicen ¡A dónde va! Las entradas cuestan mucho, peto todos se daban cuenta de que se trata de una manera nueva de entender la música, porque si quieres cambiar algo en la música, tienes que cambiarlo desde la base filosófica. Es lo que luego mueve el producto final. Y eso lo entendí con quince años, cuando estudié a Charlie Parker y todo el mundo decía que era un monstruo, que si el bebop... Y yo, no es por ego, pero honestamente decía, no quiero ser Charlie Parker, no quiero tocar como él, quiero tocar como yo. Y si me va a costar cuarenta años encontrar mi camino, pues me llevará cuarenta años, pero por lo menos no imito a nadie. Además, cuando a Charlie Parker se le escuchaba un fallo, todo el mundo decía que aquello era genial, sólo porque lo hizo él (ríe). Y luego vienen los teóricos y hacen teorías.

Todo viene del oído interior. Uno tiene que tener su oído interior abierto, y ser fiel a él.

Imagino, que esa manera de entender la música te sale de un modo natural.

Es un proceso de años, con mucha paciencia. He vivido en Sacromonte (Granada) en los años setenta, durante el franquismo. En aquella época me preparaba para que hoy puedas escuchar este producto.

Es un proceso muy largo. Tenía ideas con veinte años, pero no tan claras como hoy. Tenía la intuición, la filosofía; pero sabía que para llegar a la meta tenía que trabajar mucho, y sembrar mucho para recoger algún día.

Este es el disco que resume...

Cuarenta años.

Con el tema “Variaciones de Green Dolphin St”quería demostrar - está muy pensado para América- que se podía ver el jazz de otra manera. Porque en un momento dado el ritmo del jazz empezó a aburrirme y flipé con el ritmo del flamenco. Te das cuenta de que en el jazz todo el mundo hace los mismos contratiempos. Parecen funcionarios bien educados. ¡Y esto ya lo veía en los años sesenta! Se perdió mucho del espíritu innovador del jazz, de arriesgar, de improvisar de verdad y no tocar una improvisación escrita. Se perdió sacar la personalidad de uno mismo. Para mí, el gran conductor, un gran filósofo ha sido Charlie Mingus.

Es curioso cómo me recuerdan los vientos de tus composiciones a los de Mingus. Se parecen en la forma en que se liberan de toda atadura.

Muchas gracias. Fíjate, y lo has asociado sin tener que leer una partitura de Mingus. Es una influencia que viene de los amores. Es un artista que en pleno bebop, en pleno cool era diferente. Era un líder como nadie, porque era valiente, y porque tenía mucha raíz. Y seguramente, se fiaba como yo de lo que escuchaba en su interior, y no de la moda. Si todo el mundo se une a la moda, al final nos aburrimos.

Hay carencia de espiritualidad.

Sí, pero no hay mucho apoyo para la gente como yo. Ahora tengo mi propio sello. Y próximamente ofreceré un concierto en la Catedral de Soria interpretando una obra mía.

En 1985 viajé junto a Enrique Morente al Festival de Jazz de Nancy (Francia) y salí gran triunfador con mi obra “Crepúsculo”. Estaba allí Gerardo Núñez, Tomás San Miguel... Cinco mil personas se pusieron de pie y se quitaron las camisas. Wayne Shorter vino a felicitarme. Sólo estábamos Paco Cruz a la guitarra y yo. Levantamos el festival como si fuera un concierto de rock. Y luego, cuando llego a Madrid, quiero trabajar en el Café Central y no es posible. Eso no es apoyar el arte. Me frustré bastante. El mundo que estaba más abierto para mí era el mundo del flamenco, del que se dice es más cerrado. Pero me recibió con los brazos abiertos. Trabajé mucho en los años 80 y 90 en Casa Patas, y otros sitios como Clamores, Galileo y Suristán. Éste último, por cierto, era un local cultural muy importante en Madrid, de mucha fusión, y de apertura hacia la sociedad.

Después de todo, cuando uno alcanza el éxito en un festival, como es tu caso, recibe la felicitación de los más grandes, y parece haber llegado a la cumbre, se da cuenta de que en realidad el único esfuerzo que ha hecho ha sido creer en sí mismo, y esa sencillez llevarla con fidelidad en la vida. Esa es la mayor grandeza que puede uno tener.

Es la mayor, y no me cabe duda de que más que ésta no la hay. El cuerpo está para alimentarlo, además sanamente, y eso no es comer mucho, sino más bien poco; y toda la felicidad viene de ser fiel a uno mismo. Ese es el mensaje que traigo para la juventud, que no se emborrache con agua. Que no crea en la fama, en lo que desea la gente, los demás... sino en lo que uno siente, cree y decide pelear por ello.

Tengo seis hijos. Dos de ellos (uno guitarrista y el otro bajista) están trabajando en EEUU, dos hijas en España y otras dos en Israel.

¿Han seguido el camino artístico?

Las chicas no han tomado la música, únicamente los chicos. Mi hijo Adam del Monte es guitarrista flamenco y clásico, y trabaja desde hace diez años en Los Ángeles. Ha ganado un gran número de premios, y tiene un importante reconocimiento en Breverly Hills.

Y mis nietos, que tienen quince años, tocan violín y violonchelo, y se dedican a ello en serio. Así que los varones siguen con la música de la familia.

Seguirá la estirpe artística.

Mi abuelo tocaba el violín, y mi padre, y mi otro abuelo era pintor. Así que el arte está en la familia, en la genética.

¿Has retratado alguna vez una composición musical con la pintura?

Sí, porque la fuente es la misma. Cuando compongo música pienso en filosofías de la pintura, y cuando pinto pienso en filosofías de la música. El lenguaje cambia, pero parten de la misma base. Entiendo los colores como notas. En pintura también hay armonía, disonancias, etc. En ambos lenguajes se cuentan historias.

¿Cómo pintarías “Agua”?

Tengo un material de ciento veinte cuadros titulado “Agua sobre piedra”inspirado en La Pedriza. Es un tema y variaciones.

¿Y este “Agua”en concreto?

Recogería muchos cuadros. Tiene que ser una gama entera de cuadros. Mis visiones, la naturaleza... En fin, incluiría todo.

¿En qué lo convierte a uno la vida cuando lo hace tan sensible y dotado de capacidad artística?

Trabajo. Mucho trabajo. Me veo como un estudiante hasta mi último día. Tengo 58 años y no sé nada, y cada vez que sé un poquito más me parece que sé menos. Así que estudiaré hasta mi último momento.

Se le queda corta la vida a uno.

Sí. Siempre tengo que pensar cuáles son mis preferencias para cada día, y así va pasando el tiempo. Empecé muy joven, y siempre seguí mi camino. He realizado muchas exposiciones de pintura en Europa, Alemania, Francia, Holanda, Bélgica...

También en Israel y Nueva York. Entre esos dos pájaros estoy volando.

Entrevista de: Patricio Otero

     
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